Una señora de risa compleja (versión en bruto)
Yolanda. Ese era su nombre oficial. Yolita, para los vecinos o conocidos, que siempre la trataron con cariño, como si en ella habitase un ser amable y tierno. Mamita Yola para nosotros, sus nietos, a quienes nos entregaba de vez en cuando los últimos vestigios de amor y cariño que había en ella. Una mujer implacable para sus hijos.
No era común verla sonreír. Se trataba de una misión casi imposible. Solo un maestro, un mago o alguien extremadamente gracioso podía llegar a hacerlo. Esto fue exacerbado en sus últimos años con la pérdida de la audición, la ceguera, la demencia senil y una pena negra que cargaba en su alma.
Existen varias teorías sobre la pérdida en su capacidad de sonreír.
La primera de ellas, es la dura vida que le tocó. Crecer en el Chile rural entre las décadas del 30’ y el 40’ podía ser una hazaña. Enseñanza y aprendizajes sobre la base golpes, trabajo infantil, un matrimonio arreglado y un embarazo adolescente. Luego, de jóven, convivir con sus trabajos semi-esclavizantes. Siempre me llamó la atención que recordara con cariño a los patrones que tuvo cuando fue empleada doméstica en un fundo enclavado en el valle de Aculeo. Eran de la familia De la Jara según me contó -alguna vez hace años- con orgullo. Siempre dijo que fueron “muy buenos” con ella. Aunque para ser honesto, siempre me parecieron condiciones similares a un yugo, incluyendo la imposibilidad de poder criar a sus primeros hijos.
Otra teoría es la maternidad interrumpida. Si bien, son seis los hijos que la acompañaron el día de su muerte, también es cierto que parió más que eso. Las enfermedades sin poder ser tratadas en aquellos años, hicieron que parte de la descendencia muriera cuando se suponía comenzaba su vida. Según mi tía esa fue una de sus grandes penas.
La última es quizás menos favorable a la tradición nacional de recordar a los muertos como seres puros e intachables, aunque quizás la más entretenida si de chismes o cahuines se trata. Hay cosas difíciles de enfrentar en la vida. Una de ellas es haberse enamorado de otro hombre luego de tener una vida "hecha". En este caso fue el Enrique, mi abuelo. Él, un huaso pobre y analfabeto, diez años menor que ella, de 1.84 metros de estatura y que pese a su condición de amante, uno de los seres más nobles que conocí en mi vida.
El engañado, por su parte, era un trabajador de Ferrocarriles del Estado. Así que no podía tener otro final si no es muerto por un tren. La historia oficial cuenta que murió en un accidente ferroviario en el ejercicio de sus labores luego de haber tomado unas cuantas copas. La historia no oficial y menos favorable, dice que luego de descubrir que su señora andaba chusqueando con un nuevo amor, se lanzó a un tren cuando este pasaba. Por supuesto que borracho, quizás lo único comprobable de su libro de muerte. Y en honor a la verdad me quedo con esta última versión, aunque el origen familiar quede manchado.
En la breve lista de desgracias conocidas (porque quizás cuantas más hay), se sumó la partida del Enrique a los sesenta y dos años producto de un cáncer terminal. Ahí se sentenciaron sus ganas de vivir, allá por el lejano 2006. No lo sabía, pero le quedaban casi dos décadas de tortura vital, en que se dedicó a rogar a Dios y al mismo Enrique que se la llevaran pronto. No le hicieron caso, por su puesto.
Infelicidad acumulativa de una vida compleja, es la conclusión a la que he llegado. Incapacidad para sonreír, por su puesto.
De toda la infelicidad acumulada en su vida, había una esporádica pero reincidente cada cierto tiempo. Además podía mutar a otro sentimiento llamado rabia. Pocas veces vi un resentimiento tan profundo como el que ella sentía por su hermana, una señora que había emigrado a la región del Maule y que, de acuerdo a sus propias palabras, era oficialmente la abuela bacán de Rauco o de por ahí cerca. Físicamente casi idéntica a la Yola, aunque con una cojera. Mentalmente una mitómana, vital, extrovertida y, por sobre todo, muy feliz.
Durante el funeral de la Yola, la odiada se transformó en el centro de atención y nos contó de su última conquista: un viejo de casi 90 años. En resumidas cuentas era el opuesto casi exacto a la Yola, salvo por ser un calco en su aspecto físico.
Pese a toda esta dificultad para ser feliz, para mi siempre hubo un una sonrisa, una abrazo con cariño, un amor genuino. Incluso cuando la demencia le hizo olvidar quien yo era.
Y yo también la amé. Una complicidad tácita que se formó en mis primeros meses de vida, cuando mi vieja arrancando de la desgracia del no saber qué hacer con su vida me llevó a vivir ella. Dieciséis años después fue consolidado, en el verano que me fui a pasar a su casa en Culitrin, justo luego de la muerte del Enrique. Esos meses me sentí tan cuidado y querido como luego nunca me volvió a pasar.

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