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Una señora de risa compleja (versión en bruto)

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Yolanda. Ese era su nombre oficial. Yolita, para los vecinos o conocidos, que siempre la trataron con cariño, como si en ella habitase un ser amable y tierno. Mamita Yola para nosotros, sus nietos, a quienes nos entregaba de vez en cuando los últimos vestigios de amor y cariño que había en ella. Una mujer implacable para sus hijos.  No era común verla sonreír. Se trataba de  una misión casi imposible. Solo un maestro, un mago o alguien extremadamente gracioso podía llegar a hacerlo. Esto fue exacerbado en sus últimos años con la pérdida de la audición, la ceguera, la demencia senil y una pena negra que cargaba en su alma.  Existen varias teorías sobre la pérdida en su capacidad de sonreír.  La primera de ellas, es la dura vida que le tocó. Crecer en el Chile rural entre las décadas del 30’ y el 40’ podía ser una hazaña. Enseñanza y aprendizajes sobre la base golpes, trabajo infantil, un matrimonio arreglado y un embarazo adolescente. Luego, de jóven, conv...

Cosas que odio

planchar  arrogancia  cigarro “intelectuales” que justifican la destrucción de lo público  gritos  orbiting -sí, tú- colo colo   calor  verano santiaguino el metro -cuando falla- lo cuico café quemado enamorarme monopolio de la verdad  falta de diálogo  transpirar  resfriarme  ciclistas furiosos  carros callejeros de comida bocinazos de autos -tb soy- sobre-adaptarme abandono de animales  complejos de superioridad  compromisos incumplidos   ruidos fuertes lugares públicos cerrados Libertha=anos lo flaite políticos lindos sin contenido -frentes/invierno- les compañeres   lo ostentoso rigidez lo extremo ser gruñón  yo mismo Nota 1: Dudo afirmar con certeza el odio a los odios enumerados, con la excepción que es cierto el odio a mi mismo (a veces).  Nota 2: son 35, como mis años. Quizás cada 20 de septiembre agregue uno más. Nota 3: Adaptación (un poco plagio declarado) de un uruguayo r...

Espérame un ratito

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Supe mientras miraba las estrellas, que la más brillante eras tú.   Ya no te vería más, mientras estoy acá, lejos. Me he acordado mucho de ti en cada momento de este viaje. Tus pelitos en la ropa, como sabes, fácil no se van. Y desde ahora vuelan por los vientos fríos de la Patagonia. Compañera en años de encierro obligado, me d ijeron fue una pandemia.  Testigo de logros y soporte en los fracasos. La f uente de cada risa  cuando no había motivo. Diecisiete felinos años: yo aún me vestía de colegio. Ahora que por primera siento que a mi cuerpo se le va la juventud y la vida se me pone cada vez más difusa, te vas. Pareces decir que se terminó un ciclo, tu ciclo y a la vez el mío. Es momento de comenzar, ¿Pero qué? Mi típico llamado de atención en los últimos años: "¿Qué quieres?, ¡aún es madrugada!" . Y a no será más.   Suerte en tu cielo, ese de los gatitos. Solo te pido que me esperes un ratito.

Glaubert

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- “Glaubert: ese es mi nombre. Es de origen francés”  (me dijo con su acento que no era precisamente francés) -           ¿y de dónde eres? – Pregunté para intentar comprender la inconsistencia detectada-  -           Soy cubano Luego hablamos sobre su estado de su salud pues era evidente que algo no iba bien.  En ese momento Glaubert expulsó un monólogo, como quien exhala la respiración luego de varios minutos bajo el agua. Ya era imprescindible volver a inspirar o como en este caso, echar fuera: -        Estuve hospitalizado, fueron dos o tres años en coma. Cuando desperté, lo había perdido todo, por eso ahora vivo en la calle. Cuando llegué a Chile me fue bien, me dediqué a temas de belleza con mi propio salón, arrendaba un departamento y tenía un auto. Ahora mi auto está en un corral municipal y estoy juntando la "platica" para ir sacarlo. F...